San Lorenzo de Tarapacá: La quebrada del amor

¿Quién no ha soñado alguna vez con encontrar un tesoro escondido? Descubrir algo valioso que de pronto aparece ante los ojos aunque muchos otros antes han pasado por allí y no lo han visto…

Aunque sea difícil de creer dicen que existe una fortuna que ha sido descartada por muchos. Se trata de un pueblo que se sabe inmensamente rico y que aunque en apariencia tiene poco que ofrecer en realidad lo tiene todo.

En este tesoro han puesto su corazón los más pobres y necesitados, los enfermos, los hambrientos, los marginados. Una recompensa que es invisible para muchos sabios y eruditos. La certeza que tienen de que ellos mismos son y poseen el verdadero tesoro

Pero ¿cómo pueden regocijarse a pesar de todos sus sufrimientos? ¿Por qué habrían de estar dichosos los que son incomprendidos? ¿Por qué habrían de estar alegres los que lloran? ¿Por qué habrían de estar contentos los que viven en la injusticia? Son los afligidos siempre alegres, los pobres que enriquecen a muchos, los necesitados que todo lo poseen. Parece el mundo al revés… ¿Qué sentido tiene todo esto?

Viajamos al norte de Chile, al pueblo de Tarapacá, ubicado al interior de una quebrada, donde cada 10 de agosto se celebra la fiesta de San Lorenzo. Un santo que en su tiempo luchó hasta dar la vida por el valor y la dignidad humana, especialmente de los más pobres. A ellos los llamo el verdadero tesoro de la Iglesia.

La festividad reúne cada año a cerca de 100.000 personas y más de 30 bailes religiosos que danzan en honor al diácono mártir.  

Origen de la fiesta de San Lorenzo de Tarapacá

Lorenzo nació en España en el siglo III. Fue un joven que buscaba a Dios y en su condición de cristiano experimentó el llamado a ser servidor con la entrega total de su vida a través del diaconado.

El Papa Sixto II lo ordenó diácono y le entregó la responsabilidad de la administración de los bienes de la Iglesia para el cuidado de los más pobres.

Lorenzo enfrentó la persecución del emperador Valeriano quien prohibió todo culto público y reunión de los cristianos. El emperador quería los tesoros de la iglesia y le exigió que se los entregara. En respuesta el diácono le pidió tres días de plazo.

Fue así como reunió a todos los pobres, enfermos y lisiados en una explanada y se los mostró al enviado del emperador, diciéndole que ellos eran el verdadero tesoro de la iglesia.

Sintiéndose burlado Valeriano determinó su muerte en el tormento del fuego y ascuas de una parrilla. Lorenzo suplicó el amparo de la Virgen. Ella fue en su auxilio y así enfrentó con valentía el martirio.

Dicen que el gran deseo que tenía San Lorenzo de unirse a Cristo, le hizo olvidar las exigencias de la tortura, tanto que en un momento el valiente diácono le dijo a su verdugo: “Ya estoy asado por esta parte, dadme la vuelta y comed”.

San Lorenzo ha sido, desde el siglo IV, uno de los mártires más venerados de la Iglesia. Constantino erigió la primera capilla en el sitio que ocupa actualmente la iglesia de San Lorenzo extramuros en Roma.

La devoción hacia este santo llegó a Chile a la Región de Tarapacá, por la fe de los españoles cuando un poblado lo asumió como su santo patrón. A él se encomiendan los diáconos, mineros y transportistas. Los devotos, bailes religiosos y peregrinos, lo llaman con cariño con el apodo de Lolo o Lolito.